La Fila de la Desolación (Parte 1): Bob

15 May

Tengo un móvil de última generación; con él puedo hablar con amigos en Nueva Zelanda, conectarme a internet para ver mi correo o jugar a los Sims mientras espero al autobús. Tengo un ordenador a la última; con él me conecto a antipática, trato de aprender lenguajes de programación para contribuir de esa manera a la gente que tanto me ha dado, escucho música y reproduzco vídeos que ha colgado en internet un tío que no conozco. Tengo un reproductor de mp3 gigantesco, en el que almaceno mi música de siempre en formatos de nueva generación, y veo capítulos de los Simpson cuando el turno de noche se alarga demasiado.

Pero hoy no. Hoy cojo mi moleskine y mi pluma, y sólo después de hacerlo lo pasaré a algún formato informático para poder compartirlo con vosotros, lectores (la idea de escanear la moleskine me pareció una vejación y mi letra tiene momentos indescifrables). Porque hoy os voy a hablar de Robert Zimmerman, si Curtis me lo permite. Y os hablo sobre él, para que ueda decidirme; no sé que Dylan quiero ser hoy.

Hay veces que quiero ser el Bob Dylan politizado de su primera época; 1962-1963, cuando todavía tocaba añejas canciones de huelgas y lucha social y sindicalistas asesinados por la policía. Quiero tocar delante de veinte personas en un café de Greenwich Village, sólo con mi guitarra y mi armónica, mientras el humo de los cigarros va espesando el aire. Quiero que me saquen una foto en una calle nevada, con mi novia rubia abrazada a mí, mientras se me congelan las pelotas esperando que el fotógrafo termine de una vez. Quiero grabar “Masters Of War” en un estudio mohoso, bajo la mirada de unos técnicos de expresión indiferente; empleados de CBS, nada más. Quiero tocar “Don’t Think Twice It’s Allright”, con sus arpegios de desafío. Y quiero hacer todo eso con voz cansina y algo gangosa, con un corte de pelo dudoso; gracias por él, amigo. Quiero bajar al sur y tocar delante de unos campesinos negros que me miran alucinados “Only A Pawn In The Game”; también quiero provocar con “God On Our Side” y quiero que la gente cante conmigo “Blowin’ In The Wind”, a media voz, con jerseys a rayas y velas en las manos; la cera les quema los dedos, pero no la sueltan y siguen cantando conmigo; ya no me siento solo en el escenario desnudo.

Pero otras veces me levanto y quiero ser el Dylan burlón de 1964, más distanciado de sus amigos intelectuales, aunque aún haga juegos de palabras universitarios sin objetivo alguno en “All I Really Want To Do”. Quiero contarle mi sueño número 115 a Rimbaud ¿estás ahí? Dicen que te moriste, pero yo no me lo acabo de creer del todo. Quiero mostrarme desdeñoso al conocer a unos jóvenes de Liverpool llamados The Beatles, y luego escuchar sus canciones sorprendiéndome a cada momento. Quiero redescubrir el blues y cometer traición a unas cuantas personas que no me han hecho nada, pero que son inamovibles en sus esquemas mentales; es decir, quiero tener una banda de rock, con sus amplificadores y todo eso. Quiero ser el primero en componer “Subterranean Homesick Blues”, antes de que nadie lo haga por mí, porque es una obra maestra. Quiero emocionarme con “Love Minus Zero” y reirme sin parar al comenzar “Bob Dylan’s 115th Dream”. Quiero despedirme de una mujer de manera elegante, “It’s All Over Now Baby Blue”, ahora déjame en paz. Observo al fotógrafo con un gato de ángora en mi regazo, mientrs una mujer de rojo fuma junto a mí con actitud estudiada.

Otras veces, cuando voy a trabajar por la mañana, por la tarde o por la noche, quiero ser el Dylan con gafas oscuras para que nadie vea sus ojos enrojecidos; nadie sabe si lo estoy mirando o no a cienca cierta y ello me confiere una ventaja que voy a aprovechar. No mires atrás, pienso, mientras la gente abuchea tímidamente a mi banda eléctrica. Quiero decirle a un guitarrista que se ha pasado por mi sesión de grabación que toque el órgano; el tío se acerca y me dice que no lo ha tocado nunca, pero luego me regala acordes abrasadores en “Like A Rolling Stone”. Quiero que alguién toque en “Tombstone blues” la batería de cocina; me gusta como suena y quiero que se haga así ¿por qué no se va a hacer así?. Quiero sentarme una noche y escribir la descendente “Ballad Of A Thin Man”, con su aroma a París o Lisboa y a bohemia. Quiero reirme amablemente de viejas amigas o enemigas y hacerlo además de manera ingeniosa en “Queen Jane Aproximately”; reirse de alguién de otra manera sería insultante. Quiero escribir con mi pluma una serie de escenas surrealistas por las que circulen gente como la cenicienta, Casanova, Robin Hood o el Fantasma de la Ópera; le llamaré miniyo. No; mejor “Desolation Row”

Son menos las veces en las que quiero pedir a la gente que se diviertan un poco con “Rainy Day Women”, aunque me atrae la idea de colocarme un sombrero de piel de leopardo en la cabeza. Quizá me de vergüenza hacerlo, en el fondo. Te escribo “I Want You” o “JUst like A Woman” mientras espero pacientemente en el atasco de entrada a Memphis. Nunca te escribiría “Sad Eyed Lady Of The Lowlands”, si me permites, aunque el título suene bonito. Primer disco doble de la historia, je.

No montaría demasiado en motocicleta, por aquello del que dirán.

Discografía recomedada: Preguntad a otro.

Mr pHarmacist

 

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3 comentarios to “La Fila de la Desolación (Parte 1): Bob”

  1. edujarto mayo 15, 2008 a 9:44 pm #

    Quizas la entrada que mas me ha gustado Mr pHarmacist. Enhorabuena. Espero de todas formas que se pase por aqui Curtis para seguir disfrutando.

  2. La chica que salió de la tarta mayo 17, 2008 a 8:51 am #

    Está bien poder contar las cosas como a cada uno le dé la gana. Y si además se hace tan bien pues tanto mejor.

  3. Curtis mayo 19, 2008 a 3:02 pm #

    Llevo desaparecido bastante tiempo de estos lares, y hoy, en plan resurreción, me doy una vuelta para encontrarme esta entrada sobre Dylan. Y sólo se me ocurre planear el asesinato de Mr Pharmacist, clavándole la pluma en el cuello y dejando una nota autoincriminatoria de suicidio en su moleskine. Tal vez le hubiera forzado antes a escribirla él mismo, amenazándole con destrozar su colección de vinilos o el último pedal de guitarra que se haya comprado. Quién sabe si obligándole a leer “En busca del tiempo perdido” todo seguido hubiera conseguido el efecto de la amenaza, o la muerte inmediata. Quizá le hubiera gustado, incluso ya haya pasado por ese trauma. Se me ocurre rayar toda su discografía y teclear format en su carpeta de música. O romper uno a uno los dedos de su mano derecha, y seguir con la izquierda, no sea que haya salido zurdo. Se me ocurre que con los dedos no sacio mi crueldad y habría que dejar marcas en el suelo de su casa, permanentes, imborrables. ¿Robarle a la novia? Puede ser. Cualquier daño que le obligue a no escribir jamás, a no volver a componer, a que su talento se quede oculto de por vida. Y a que mi cara de envidia y resignación al leer su relato no se parezca tanto a la de Donovan después de escuchar a Dylan tocar Don’t Think Twice It’s Allright delante de sus narices, y que yo sintiera como Donovan que ni veinte de sus canciones juntas tenían la fuerza de aquélla. Es envidia de haber leído un texto tan bueno, la pena por el papel que he desperdiciado limpiándome la baba que colgaba de mi boca y la rabia de los dos cigarros innecesarios que me he fumado antes de decidirme a escribir esto. Cabreado con mi papelera a rebosar de borradores arrugados, mi cenicero desbordado, mi última botella de vino en la basura, vacía y malgastada en copas frías y solitarias, con esta tecla de borrar arrancada del portátil de tanto utilizarla, con ese rizo de mi pelo que no dejo de tocar esperando la inspiración que nunca llega, yo te digo, Mr Pharmacist, que estoy loco por leer la próxima entrega. Enhorabuena.

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