La Fila de la Desolación (Parte 4); Syd Barrett

10 Dic

Hablar de Syd Barret es hacerlo de Pink Floyd, es hacerlo de drogas, de una vida al límite que acabó llevando al infausto artista a un deterioro mental y físico que no sólo terminó con su carrera artística, sino que le incapacitó para todo lo demás, pasando gran parte de su vida encerrado en la casa de su madre. Pero también es hablar de delicadeza, de ternura agridulce y de canciones desnudas pero emocionantes, autobiografía de un tipo destrozado y con un pie y medio en el más allá.

Syd Barrett fue un tipo con inquietudes que formó The Pink Floyd Sound con tres amigos en Cambridge. El grupo pronto cambió sus inicios R & B por una colorista psicodelia británica, llena de gnomos, viajes interestelares, Lewis Carroll y canciones pop decoradas con toneladas de imaginación y demás reverberaciones. Sus primeros singles fueron bastante exitosos, gracias al talento de Barrett para contar pequeñas historietas algo truculentas (“Arnold Layne” o “See Emily Play”) bajo envoltorios pop. Su primer disco, “The Piper At The Gates Of Dawn” siguió la misma línea y se puso a la vanguardia del rock junto al Sgt Pepper durante el verano de 1967, pero pronto el éxito pasó factura al bueno de Barrett, que se colapsó por una combinación explosiva de droga para desayunar y una psique algo tocada previamente. Prueba de ello es su gloriosa interpretación de su single “Apples And Oranges” en televisión, donde pasó de hacer playback y se quedó mirando la cámara con expresión de vaca mirando a un tren, perdido en sus mundos cósmicos. Cada vez componía menos y se fue desvaneciendo como una pastilla efervescente (¡qué ricas!).

Pronto resultó evidente a sus compañeros que así no iban a ninguna parte y ficharon a un segundo guitarrista a medio camino del segundo LP. Este tío se llamaba David Gilmour, un exquisito músico (sobre todo después) que además era un viejo amigo de Barrett y del que esperaban que encauzara la vida de su compañero. Pero Barrett estaba ya fuera de toda ayuda que le pudieran prestar y abandonó el grupo (o fue invitado a abandonarlo) para explorar el mundo sideral, pero no llegó. Mientras Pink Floyd alcanzó las estrellas, el éxito y la pasta gansa, Syd se quedó en Londres, con una guitarra acústica.

Empezó a grabar algo durante 1969, con sus ex-compañeros embarcados en el monumental Ummagumma. Poco a poco, y con diferentes productores (entre ellos Roger Waters y David Gilmour) y bandas (The Soft Machine), fue grabando canciones en los estudios de EMI en Abbey Road y tuvo canciones para un LP, al que tituló “The Madcap Laughs”, frase que aparece en la letra de uno de los mejores temas en él contenido, “Octopus”. Contenía una primera cara más convencional (aunque no lo sea en absoluto), con batería y demás instrumentación auxiliar y canciones más cercanas al pop; maravillosas “Terrapin” o “No Good Trying” (con un imaginativo acompañamiento de los Soft Machine, liderados por Robert Wyatt) pero sobre todo destacaba la oscura “No Man’s Land”, con una melodía subyugadora. La cara B mostraba el lado más desgarrados de Barrett, a pesar de un comienzo movido con “Octopus”; canciones acústicas en las que Barrett se equivoca de acordes, en las que el tempo es errático, por decir algo, en las que incluso le sale un gallo y cambia de tono para poder llegar mejor a las notas altas. Más que unas canciones, son un testimonio, un documento demoledor de Barrett, como las psicoterapias de Allen en sus películas más personales. Las melodías son lo de menos, las letras van desde lo cósmico a lo indescifrable, pero destaca la fragilidad de “Golden Hair”, basado en un poema de Joyce. La misma portada era una declaración de intenciones, con Barrett descalzo y en cuclillas en una habitación sin muebles ni más ornamentación que un jarrón con unas flores. Un LP tremendo y esencial, pero duro de degustar; no pertenece a los 60, a los 90 o a los 50; no es acid-jazz, o technohouse o blues; es Barrett paseando a sus fantasmas e invitando de manera cómplice a que lo sigas. Sólo hay algo parecido en la Historia del Rock (no musicalmente, sino conceptualmente) y es el “Oar” de Alex Spence, del que hablaremos en la próxima entrega de la Fila de la Desolación.

Naturalmente, el disco pasó desapercibido para el gran público, que o no comprendió la propuesta de Barrett o se asustó de la desnudez de la obra. Barrett, que ya estaba más cerca de Obi Wan Kenobi que de la guerra del Vietnam, siguio impertérrito; no grababa para vender discos, grababa para él y para quien quisiera oirlo. Llegaba a Abbey Road con un montón de papeles con retazos de canciones escritos en ellos, a veces sólo algo de la letra, otras veces un apunte de acordes. Así grabó su segundo LP, “Barrett” de 1970 y se notó en la calidad de las canciones. El precario estado de Barrett hizo que Dave Gilmour, el productor, decidiera incluir más músicos (entre ellos, él mismo y el teclista de los Floyd, Richard Wright) para dar cuerpo a las canciones. Al hacerlo, diluyó algo el espíritu de las mismas y perdieron algo de personalidad, aunque de vez en cuando recuperaban la brillantez del primer LP, como en “Baby Lemonade”, “Gigolo Aunt” (que dio lugar a un grupo) o en una canción escrita antes de su época Floyd, “Effervescing Elephant”.

Después, poco más. Syd Barrett fue cayendo en la Gran Espiral del Olvido, pese a ocasionales entrevistas y frustados intentos de montar alguna banda. Poco a poco, fue desapareciendo del mundo, encerrado en sí mismo. No volvió a grabar, no volvió a tocar. Shine On You, Crazy Diamond.

Mr pHarmacist

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3 comentarios to “La Fila de la Desolación (Parte 4); Syd Barrett”

  1. Obí-Wan Kenobí diciembre 11, 2008 a 8:52 pm #

    ggggg, recuerdo que Barrett insistió en ser mi padawan, pero claro…. yo ya tenia a Anakyn.

    Como siempre, otra gran píldora por tu parte. Como diría Rosendo ¡AGRADECIDOS!

  2. La chica que salió de la tarta diciembre 13, 2008 a 7:15 pm #

    Farmacéutico, ¿se te ocurren nombres de grandes creadores que no hayan abusado de las drogas, hayan sido despiadados, hayan tenido problemas mentales,…? Es una pregunta de curiosidad, no va con segundas.
    A mí, a bote pronto, se me ocurre Richard P. Feynman y Coco, aunque de Coco siempre me queda la duda.

    ¿Por qué existe esa alta correlación entre la genialidad y los abusos, la locura,…? Es una pregunta que me hago muchas veces.

  3. Mr pHarmacist diciembre 14, 2008 a 8:46 am #

    Con Coco ¿te refieres a SUPERCoco o a Coco a secas?

    Richard Feynman tenía su locura, de todas formas, aunque no fuera retorcida (recordad que le gustaba tocar los bongos y todo eso)

    Quizá sea porque la genialidad está relacionada con cosas poco convencionales (nos parece genial aquello que no conocemos de nada yq ue consideramos inalcanzables) y los abusos son precisamente falta de convencionalidad en un sentido o en otro.

    Musicalmente (que es el tema que conozco un poco), Ray Davies o (glups) Paul McCartney son dos tíos que no han abusado de sustancias ni están particularmente locos, pero que han dejado un legado consistente y a ratos brillante. En el lado opuesto, gente como Bob Dylan, John Lennon o Roy Wood estaban o están como abslutas cabras; es decir, por cada uno cuerdo que encuentras, hay tres o cuatro tarados.

    Siempre puedes pensar que o bien eres un genio o bien estás cuerdo; don’t worry, be happy.

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