GUERRA DE TRILOGÍAS: “MILLENIUM”, “VERDES VALLES, COLINAS ROJAS” #3

9 Ago

Página 454:

“No tendré hijos”, amplió Román. Y Ella: “¿Quiere usted decir que ha elegido no tenerlos?”.

Entonces Román se lo confesó… Pero esto no tiene nada que ver con tu chiste de antes,

Asier, fue como si nada le hubiese confesado, porque Ella no le creyó. “Ahora sí que se

está burlando de mí”, le dijo, lo que resulta demostrativo de que existió la sonrisa burlona.

“¿Tanto desea que salga de este cuarto y le deje en paz?”. Al principio, Ella le observó

sólo atentamente, aún sin desvestirlo con la mirada. Eso vino después, enseguida, cuando

el tosco rostro mestizo expresó que podía no estar mintiendo. “¿Por qué me revela una

cosa así?”, preguntó Ella. “He de defenderme de usted, señora.” “¿Defenderse de mí?”

“Acabo de conocerla, pero sé quesería capaz de salise con la suya y arrojarme de aquí.

Usted no mueve los labios al hablar.Usted sería capaz de obligarme a hacer lo que no quiero.

Estuve en una guerra donde aprendí a guardarme de las emboscadas”, dijo Román. “Le creería

a usted si no fuera militar”, murmuró Ella, aunque ya había empezado a vislumbrar el carácter

definitivo de la insospechada posibilidad. Así, pues, le empezó a desnudar con la mirada.

“Puede usted creerme, señora. Un militar no jugaría con una cosa así, no hablaría de ellos si no

fuera verdad. Mire usted: sólo quiero que me permita llevar adelante mi boda. Le juro por

mi honor que no debe temer nada.” Ella le seguía desnudando conla mirada y había resuelto

averiguarlo. Se le acercó dos pasos y se quitó el sombrero. “Tómeme”, le dijo mientras se

descolgaba el bolso y, juntamente con el sombrero, lo dejaba sobre una silla. Luego se despojó

del abrigo y buscó con la mirada el armario y lo colgó fríamente de un perchero. Finalmente,

regresó frente a Román y se desabrochó tres botones de la blusa.


La tierra convulsa, Ramiro Pinilla.

Cuando Lisbeth se fue a la cama la séptima noche de su estancia en Hedeby, se sentía

ligeramente irritada por culpa de Mikael. Durante una semana había pasado con él

prácticamente cada minuto del día; en circunstancias normales, siete minutos en compañía

de otra persona solían ser más que suficientes para darle dolor de cabeza.

Hacía mucho que había constatado que las relaciones sociales no eran su fuerte, y ya

se había acostumbrado a ello en su solitaria vida. Se encontraba perfectamente resignada a ello,

a condición de que la gente la dejara en paz y no se metiera en sus asuntos. Desgraciadamente,

su entorno no se mostraba ni inteligente ni comprensivo; tenía que defenderse de los servicios

sociales, los servicios de atención a menores, las comisiones de tutelaje, hacienda, los policías, los

educadores, los psicólogos, los psiquiatras, los profesores y los porteros que -exceptuando a los del

Kvarnen, que ya la conocían- nunca querían dejarla entrar en los bares a pesar de haber cumplido ya

veinticinco años. Había todo un ejército de gente que parecía no tener nada mejor que hacer que

pretender gobernar su vida y, si les diese la oportunidad, corregir la manera que había elegido de vivirla.

Los hombres que no amaban a las mujeres, Stieg Larsson.

El Aspirante

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