Culo de vaso

16 Ene

Había una vez un país donde los ciudadanos pagaban la banda ancha más cara que la de sus vecinos (y con peores características) y a casi nadie le parecía raro. Su compañía telefónica de bandera compraba empresas y participaciones por ahí, alguno se preguntaba de donde sacaría el dinero esa compañía para mostrar ese poderío, otros, los muchos, miraban la televisión y les decían que una compañía de su país compra a otra en el país de al lado, mucho más rico. Los ciudadanos se sentían ricos, a pesar de que su conexión de internet iba a paso de burra, de que cada mes tenían que llamar a la compañía en cuestión para reclamar infinidad de cosas y de que la conexión, a veces, era inexistente por arte de birlibirloque.

Como una mayoría se sentía rica, se respiraba una atmósfera de desahogo, de dinero abundante, los bancos empezaron a abrir sucursales, convirtiendo el país en la nación con mayor densidad de sucursales por habitante, casi doblando al siguiente país en el ranking. Cualquiera tenía un cajero a mano para sacar dinero y gastar.Las entidades bancarias imaginaron nuevos ‘servicios’. Lograron una rentabilidad nunca conocida antes. Se fueron de compras a los mercados más caros y selectivos del planeta y volvieron con las bolsas llenas. Los ciudadanos encendían sus televisores de pantalla plana y veían el músculo económico de sus bancos. “¡Qué listos somos! Vamos a la meca del dinero a enseñar a los profesores”, pensaban para sus adentros, aunque siempre había algún aguafiestas que se preguntaba “¿de dónde habrán sacado el dinero estos lumbreras?”

En ese país las cosas funcionaban al revés que en el resto del mundo, había bienes que, a pesar de que cada vez había más oferta, subían y subían más de precio (que no de valor). La tan cacareada ley de la oferta y la demanda no iba con ellos. Sus habitantes se pusieron la venda en los ojos y se lanzaron al vacío. “Te lo compro por 10” decía uno, “yo te doy 15” espetaba el otro, “pues yo 20” se escuchaba mas allá mientras unos pocos pensaban “pero si allí al lado también venden” y otros pocos se frotaban las manos. “Comprad”, decían estos últimos, “que mañana estarán más caros“. Y claro, los ciudadanos, hipnotizados, andaban en buenos carros, llevaban cadenas de oro y pensaban en lo larga que la tenían. Seguían viendo en la tele las ganancias de las empresas de su país y se contagiaban del entusiasmo de unas pocas élites.

Mientras la mayoría seguían nadando, unos pocos empezaron a salir de la piscina y se dieron cuenta de que el sol quemaba. Se fueron a una sombra y empezaron a pensar, unos pocos se organizaron, empezaron a avisar a los demás para no siguieran expuestos al sol pero la música estaba muy alta y pocos escuchaban o querían oir a los aburridos de fuera.

Algunos se empezaron a encontrar mal, parecía una epidemia y cada día se veia a más y más gente enferma. Su enfermedad les pedía cada día más y más recursos pero no podían comprar medicamentos. Hasta ese momento no se habían dado cuenta de ello.

Todos se giraron hacia sus gobernantes pero enseguida se dieron cuenta de que no podrían contar con ellos, se giraron hacia los grandes empresarios y empresas pero también se dieron cuenta de que, después del gran saqueo que muchos sentían haber sufrido, pocas ayudas podrían esperar del capital.

Cada vez más ciudadanos ponían el grito en el cielo, tíbiamente, los foros de internet hervían pero la gente solo salía a la calle para ir a las rebajas. Nadie tenía claro el futuro próximo de ese país.

Ese país se conoce como Absurdistán.

La chica que salió de la tarta (para irse a las rebajas).

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Una respuesta to “Culo de vaso”

  1. El Aspirante enero 16, 2010 a 8:48 pm #

    ¡Me quito el sombrero, Chica!

    El otro día discutía con una firme defensora de la política de ZP (salió, cómo no, ese gran argumento- por otra parte, usado por ambos bandos- de “los otros son peores”) y lo único que no pude rebatirle fue la brutal política neoliberal (abanderada por la señora Aguirre y el señor Aznar) de vender buena parte de las empresas públicas al sector privado. Pero ya he leído a algún analista que puede ser una de las soluciones que baraja el actual gobierno socialista (?) para reducir el déficit público. Veremos.

    Por supuesto, en otros países europeos con lo que tanto nos gusta compararnos, y sin importar la ideología política, la situación es bien distinta.

    Pero ya sabéis: la culpa es de los inmigrantes, claro.

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